Dolor y resistencia: la lucha oculta en Llano Verde

Laura Domínguez Ramírez
Sofía Escobar Brand
Stephany Vargas
Semillero de políticas públicas, paz territorial y comunidad internacional

Según el Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (INDEPAZ, 2021), en lo corrido del año se han registrado 72 masacres, con 258 víctimas (corte al 21 de septiembre de 2021 en Colombia). El 2020 dejó ver que la violencia en el país venía en aumento, con casi 91 masacres ocurridas en más 66 municipios que dejaron más de 381 víctimas, muchos de ellos jóvenes. Entre ellas, quizás la más dolorosa en la historia reciente del suroccidente colombiano, la Masacre de Llano Verde, perpetrada el 11 de agosto de 2020, donde fueron asesinados cinco adolescentes afrodescendientes en un cañadulzal ubicado en la comuna 15 de Cali, Colombia. Ni Jair Andrés Cortés, Álvaro José Caicedo, Luis Fernando Montaño, Jean Paul Cruz, y Leider Cárdenas superaban los 16 años de edad.

Foto tomada en el evento de Conmemoración de la Masacre de los 5 niños de Llano Verde, (2021)

Si bien hubo una fuerte resonancia mediática de la masacre en el país y a la fecha hay tres capturados esperando a ser condenados, poco se ha reflexionado sobre los devastadores efectos de este evento en la comunidad de la Urbanización Casas de Llano Verde, compuesta en su mayoría por familias víctimas del conflicto armado, reasentadas por riesgo de desastres naturales, y en situación de pobreza extrema. Estas familias fueron reubicadas en 2013 y 2014 en un proyecto de vivienda social de 4.319 unidades habitacionales de 48 m2, construido en Aguablanca, en la periferia de la ciudad, entonces sin colegios, centros de salud, policía, transporte formal, centros de cuidado infantil, centros comunitarios o espacios de recreación. Pese a que en la actualidad se ha avanzado en la construcción de algunos equipamientos públicos y se ha destinado inversión social al barrio, Llano Verde es hoy retrato de la marginalidad oculta (Franco, 2020), resultado de la implementación de una política de vivienda social desarticulada de principios fundamentales de justicia transicional que re victimiza a sus habitantes, reproduce relaciones asimétricas de poder y perpetúa la violencia sobre las comunidades más vulnerables.

Según Nieto (2012), las masacres son una práctica de violencia extrema en la que se utiliza el cuerpo como elemento para inscribir el dominio y poder. Además, no se limitan al repertorio de la violencia de la guerra, “sino que se extienden hasta la criminalidad organizada y la intolerancia social” (Nieto, 2012, p. 46). Según la literatura, son múltiples las consecuencias que deja en una comunidad este tipo de actos de violencia extrema, entre ellas, la pérdida del “lugar” (considerado no sólo como espacio físico, sino también como centro de significación social), por la transformación negativa del espacio (Millán, 2011; Ruiz, 2014). El territorio se convierte en portador de la experiencia violenta por encarnar los acontecimientos sociales (Escobar, 2019) y se fracturan los proyectos colectivos, sociales y culturales, en los que los individuos hallaban sentido a sus vidas (Centro Nacional de Memoria Histórica [CNMH], 2009). En Llano Verde después de la masacre esta construcción negativa del vínculo con el territorio se ha agudizado aún más en tanto que no hay posibilidad dejar el barrio. Según la Ley 1448 de 2012 y los decretos derivados, los beneficiarios de las viviendas no pueden venderlas hasta después de 10 años de haber sido entregadas, es decir, hasta 2023. Por su parte, las visitas a los cañaduzales privados que rodean la urbanización ya no son frecuentes como antes, cuando bañarse en algunos cuerpos de agua y comer caña eran el único escape de muchas familias durante la pandemia para huir del agobio de vivir en una urbanización de cemento con viviendas apiñadas, hacinados, con más de 24.000 habitantes y sin espacios comunitarios.

Otra de las consecuencias de las masacres es la sumisión o pasividad de la población por la experiencia del acto violento (Segura, 2000; Santamaría, 2020), así como la pérdida del liderazgo comunitario y desesperanza de los pobladores, por la violencia sistemática que les inhibe de participar en la vida pública (CNMH, 2009; Escobar, 2019). Esto sin contar el daño moral y psíquico en las víctimas sobrevivientes de la masacre, sentimientos desoladores y traumas que se transmiten a la vida social (CNMH, 2009; Escobar, 2019) y la alteración de la cosmovisión y patrimonio cultural de la comunidad (Centro Nacional de Memoria Histórica [CNMH], 2013).
Pese a todo lo mencionado, Llano Verde no se rinde y resiste. El pasado 11 de agosto del 2021 diversas organizaciones sociales como AFRODES y NOMADESC, en articulación con la Pontificia Universidad javeriana Cali, Unicatólica y Univalle, en el marco del proyecto “La construcción de la paz desde abajo y la justicia transicional: una aproximación a los procesos sociales agenciados por jóvenes de Afrodes”, se unieron para organizar la conmemoración del primer aniversario de la masacre de Llano Verde llamado “Su memoria vive con nosotros ¿Quién los mató?”. En el evento se congregaron familias, vecinos, jóvenes, medios de comunicación, entidades gubernamentales y agencias internacionales. La agenda incluyó una olla comunitaria, ceremonia religiosa, un acto de sanación, un festival de cometas, y la participación de artistas como las Cantoras del Chontaduro, Alexis Play y Hendrix B, así como el grupo de baile del semillero de jóvenes de AFRODES, al cuál pertenecía Álvaro José Caicedo. Durante la conmemoración, en torno a una mándala situada al frente de la tarima con los retratos de todos los niños asesinados en el barrio desde el 2013, mediante la tradición oral, niños y jóvenes contaron lo ocurrido a quienes se acercaban a este espacio, y de cierto modo, mediante sus relatos invitaban a los demás a luchar por la reivindicación de su comunidad.

Foto tomada en el evento de Conmemoración de la Masacre de los 5 niños de Llano Verde, (2021)

¿De dónde surgen estas iniciativas? ¿Cómo es posible que una comunidad resista y reclame justicia pese a la revictimización sufrida? Suárez-Ojeda (2002) presenta algunos pilares de lo que él llama resiliencia comunitaria. Tales pilares son: “la autoestima colectiva, la identidad cultural, el humor social y la honestidad estatal ” (p. 72). En Llano Verde, estos pilares pueden verse en el sentimiento de orgullo de la comunidad, sus tradiciones, en el reconocimiento de quiénes son y de sus orígenes, en la persistencia del sentido de comunidad, en las redes vecinales (poco comunes en las ciudades) y en el compromiso con la construcción de la memoria colectiva. En Llano se reconoce el valor de la vida digna, aun cuando han pasado por eventos tan dolorosos como la Masacre de los 5 niños y muchos más. Ante ello, exigen el esclarecimiento de la verdad y justicia frente a lo ocurrido.
Consideran necesario dar testimonio de “lo que han visto, oído y vivido” (Pedro, 2021), para que se convierta en una experiencia de recuperación emocional, que al mismo tiempo permita construir la identidad personal y colectiva, devolviéndole a la comunidad la dignidad que había quedado en entredicho por algunas versiones sobre las causas de la masacre. Específicamente, y siguiendo a Moreno et al. (2019) es valioso resaltar que las experiencias que los niños y jóvenes viven día a día van marcando su estructura funcional y psicosocial de una manera positiva o negativa. Recordar marca un hito no sólo en el espacio sino también en el tiempo; implica para ellos no sólo el permanecer en un territorio sino recuperar su historia y conectarlo con el futuro, a través del presente como puente para buscar mejores oportunidades para su comunidad.
El papel de los jóvenes del Semillero de AFRODES creado en el 2016 después de la firma del acuerdo de paz, ha sido muy importante en este propósito. Como sujetos políticos, agencian diferentes espacios para el fomento de la resistencia en su comunidad, participan desde su cotidianidad en la construcción de paz y en la recuperación de la memoria colectiva. En particular, siguiendo estudios como los de Ahern (2006) -quien indaga sobre los factores resilientes en adolescentes afroamericanos y otros grupos de población en condición de vulnerabilidad-, la resiliencia en jóvenes es posible por las capacidades instaladas de afrontamiento y adaptación en medio de la violencia. Observar estos impactos en el capital social de una comunidad no sólo permite comprender las razones detrás de las iniciativas colectivas para reparar el daño sufrido, sino que también brinda un mejor contexto de las experiencias de una comunidad como Llano Verde, y señala las oportunidades para apoyar procesos de relevo generacional donde los jóvenes tengan oportunidades para incidir en las políticas públicas y en la toma de decisiones.

Foto tomada en el evento de Conmemoración de la Masacre de los 5 niños de Llano Verde, (2021)

REFERENCIAS

Centro Nacional de Memoria Histórica (2009). La Masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra.

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2013). ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad. Informe General Grupo de Memoria Histórica.

Escobar Zuluaga, C. (2019). Memorias de la Masacre de la Rueda, identidad y luchas por la recuperación de la tierra en el Resguardo indígena de Cañamomo Lomaprieta [Tesis de posgrado, Universidad Nacional de la Plata] Memoria Académica.


Franco, A. (2020). Marginalidad Oculta. Políticas de vivienda social y vivienda gratuita en Colombia» En: Colombia 2020. ed:Programa Editorial De La Universidad Del Valle ISBN: 978-958-5156-19-7 v. pags.

Granados-Osfinas, L., Alvarado-Salgado, S. y Carmona-Parra, J. (2017). El camino de la resiliencia: del sujeto individual al sujeto político. Magis. Revista Internacional de Investigación en Educación, 10(20),49-68.

Millán, D. (2011). Prácticas de memoria afrodescendiente en la reocupación del tiempo y el espacio afectado por el sufrimiento. Trabajo Social, 13(13), 27-42.

Moreno, N., Fajardo, Á., González, A., Coronado, A. y Ricaurte, J. (2019). Una mirada desde la resiliencia en adolescentes en contextos de conflicto armado. Revista de Psicología, 21(21), 57-72.

Uriarte, J. (2013). La perspectiva comunitaria de la resiliencia. Psicología política, 47(47), 7-18.

Nieto, P. (2012). Masacres y desplazamientos. Elementos de análisis desde el conflicto armado en Colombia. Polisemia, 14(14), 96-109.

Ruiz, G. (2014). Perder el lugar: un caso de estudio del desplazamiento en Colombia. Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, (96), 55-74.

Santamaría, J. (2020). La masacre de El Salado como paradigma de violencia soberana paramilitar. Eidos, 34(34), 161-191.

Segura, J. (2000). Reflexión sobre la masacre. Poder y cultura de la violencia (pp. 35-68). El Colegio de México.

Serrano, A., Martín, M. y Castro de, C. (2019). Sociologizando la resiliencia. El papel de la participación socio-comunitaria y política en las estrategias de afrontamiento de la crisis. Revista Española de Sociología, 28(2), 227-247.

Suárez-Ojeda, E. (2008). Una concepción latinoamericana: la resiliencia comunitaria. In Resiliencia: descubriendo las propias fortalezas (pp. 67-82). Paidós.

Villa, J., Londoño, D. y Barrera, D. (2014). Reparación a las Víctimas de Dictaduras, Conflictos Armados y Violencia Política. Parte I. Ágora U.S.B., 14(2), 339-375.

Ahern, N. (2006). Adolescent resilience: An evolutionary concept analysis. Journal of Pediatric Nursing, 21(3), 175-185.

INDEPAZ (2021). Informe de Masacres en Colombia durante el 2020 y 2021.